Mi mundo no es tu mundo

Casi todas las noches, Sofi y yo nos tomamos 15 minutos en la cama, cada uno con el teléfono. Es nuestro momento de “hacer redes”. Instagram, Twitter, Youtube, un repaso general del día.

Yo a ella. ¿Viste hoy como volaron una refinería en Qatar?

La respuesta casi siempre es la misma. No, no vi nada.

Ella a mi. ¿Viste lo de Punchy el pobre mono que la familia lo desprecia? Está en todos lados.

¿Qué mono?

El tema que para ella está trending, para mí es invisible. Lo que a mí me llegó como noticia urgente, para ella nunca pasó.

Dos personas, mismo techo, mismos horarios. Mundos completamente distintos y lo loco, es que ambos creemos estar al tanto de lo que pasa.

Ambos decimos estar informados, el tema es que cada uno recibió una versión diferente de la realidad. Curada, calibrada, personalizada. Es como si los algoritmos ya no solo eligen qué te muestran sino que pasan a definir qué existe para cada uno.

Cada plataforma que abrís hoy, no importa si es una red social, un buscador, un portal de noticias, construye tu versión del mundo en tiempo real. Sin conspiración ni malicia. Por optimización. El sistema aprendió que si te muestra lo que ya te interesa, te quedás. Y si te quedás, hacés clic. Y si hacés clic, hay más publicidad.

Hace unos días, el algoritmo me agarró con la guardia baja y me tenté. Hice clic en un video de un sauna portátil. Era un chico que salía de un sauna precario y te explicaba lo cómodo que era tenerlo en tu casa. No sé bien por qué pero me tenté. Me imaginé en el mini sauna después de hacer deporte.

En fin, desde ese momento, el algoritmo decidió que soy alguien profundamente interesado en saunas. Me aparecen saunas de todos los tamaños, precios y materiales. Reseñas de saunas. Influencers en saunas. Un clic. Un mundo nuevo.

Hay algo que creo que todavía no terminamos de entender, y es que en el mundo que existía en la era pre algoritmos, había una premisa básica: había una audiencia compartida. Una misma tapa de diario, un mismo evento que todos vieron, un mismo chiste que todos entendieron. La cultura de masas funcionaba porque las masas existían como fenómeno colectivo.

Hoy eso se está desintegrando. No todos, pero muchas marcas, medios, políticos, siguen operando como si hubiera un ‘todos’ al que hablarle. Pero ese todos ya no existe, al menos no de la misma manera. Hay miles de conversaciones paralelas, cada una con sus propias referencias, sus propios lenguaje. Construir o crear algo que signifique lo mismo para personas distintas se volvió un problema que casi nadie está sabiendo resolver. Si le hablas a todos, no le hablas a nadie. El que lo entiende, gana.

Lo que antes eran debates públicos o una agenda común, ahora es una suma de realidades custom made. Cada uno hablando desde su propio mundo. Y lo loco, es que cada uno está convencido de que el suyo es el real.

Y cuando dos personas con mundos distintos intentan conversar? Qué jodido, porque parten de hechos diferentes. La diferencia empieza mucho antes de la opinión y eso hace que el desacuerdo sea casi imposible de resolver porque no hay terreno común desde donde discutir.

Mi mundo no es tu mundo. Probablemente nunca lo fue del todo. Pero antes compartíamos algo, aunque sea la tapa del diario de ayer. Hoy ni eso.

Mientras tanto, yo sigo viendo saunas.

Gracias por estar leyendo,