Hace unas semanas estuve en los Hamptons trabajando con una organización de polo y pasó lo que me pasa cuando me acerco lo suficiente a un mundo nuevo.
Cuanto más aprendo sobre algo más me doy cuenta de todo lo que no sé (conclusión a la que Sócrates llego bastante antes que yo).
Desde afuera, casi cualquier disciplina, deporte o hobby parece razonablemente simple. En el caso del polo, se ven jugadores, caballos, una cancha bien mantenida y cierta logística al rededor. Pero estos días, cuanto más me acercaba a la operación diaria de la organización la perspectiva cambió.
Lo que parecía un deporte empezó a convertirse en una red infinita de personas, decisiones, logística y miles de costos ocultos.
En un momento en una conversación alguien comentó que entre las temporadas de Palm Beach y Hamptons, los caballos van a descansar al campo en el estado de Virginia. Hasta ahí, ok.
Pero para que esos caballos descansen en Virginia primero hay que moverlos hasta Virginia.
Y para moverlos hasta Virginia hacen falta trailers.
Y para mover los trailers hacen falta camionetas RAM de tres ejes.
Y para mover las RAM hacen falta personas.
Y para que esas personas acompañen la temporada hacen falta casas rodantes donde vivir durante meses.
Y para que trabajen legalmente hacen falta visas, muchas visas. Y para que las visas sean aprobadas, necesitas un estudio de abogados especialista en inmigración y trabajo.
Y para que todo eso funcione, tiene que existir una coordinación que nunca había dimensionado.
De repente ya no estás hablando de polo, estás hablando de transporte, recursos humanos, inmigración, bienestar animal, planificación financiera y logística. Y todo empezó con un caballo que necesitaba descansar. Este mismo rabbithole me pasó durante toda la semana cada vez que aparecía un tema nuevo.
Empezábamos hablando de una cancha y terminábamos hablando de sistemas de drenaje, regulaciones para el movimiento de suelos, permisos de agricultura y calendarios de recuperación. Empezábamos hablando de un caballo y terminábamos hablando de genética, transferencia embrionaria, transporte interestatal, protocolos veterinarios y clonación.
Cada charla parecía abrir una puerta nueva y detrás de cada puerta aparecían cinco más. Y mientras más puertas se abrían, más evidente se volvía algo. Cada vez entendía menos. O más bien, cada vez entendía la dimensión de todo lo que todavía no entendía.
Lo fascinante es que esto pasa en cualquier disciplina cuando te acercas lo suficiente.
Me gusta pensar que sé de Fórmula 1 porque veo una carrera de dos horas los domingos. Después me entero que existe una persona cuyo trabajo consiste en dedicar años de su vida a entender cómo una pieza de fibra de carbono responde al flujo de aire a determinada velocidad para ganar una fracción imperceptible de rendimiento.
O pienso en gastronomía. Uno prueba un plato y dice “qué rico”. Pero atrás de ese plato hay una persona que dedicó seis meses a entender qué pasa si cambia apenas unos grados la temperatura de una emulsión o si incorpora un ingrediente diez segundos antes o después del momento exacto.
Y esto es fascinante, porque vivimos rodeados de submundos. Universos que funcionan con reglas propias, vocabularios propios y obsesiones propias. Y funcionan todos a la vez, en paralelo.
Hay personas dedicando décadas enteras a resolver problemas que ni siquiera sabemos que existen. O te digo más, hay expertos en temas que jamás se nos ocurriría que requieren de un experto, gente obsesionada con problemas invisibles.
En un momento del viaje, alguien me dijo que herrar bien o mal un caballo era el equivalente humano a jugar una final del mundial calzado con Crocs o con los botines de Messi. Una herradura. Una simple herradura. Otro problema que yo ni siquiera sabía que existía. Probablemente las personas con las que hablaba sentirían exactamente lo mismo cuando yo les hablaba de ROI, posicionamiento o co-brandings.
Y quizás por eso cada vez me interesa menos la idea de saber mucho sobre algo y más la idea de descubrir cuán profundo puede llegar a ser un tema. Aprender no tiene tanto que ver con acumular respuestas sino más bien con desarrollar respeto.
Respeto por la complejidad, por el trabajo invisible, por todas esas capas que existen detrás de las cosas que consumimos sin pensar demasiado.
El polo fue simplemente la excusa de esta semana para validar que la ignorancia es relativa, no hay personas que “saben mucho” y personas que “saben poco”, existen personas que conocen mundos distintos.
Es más sabio un cardiólogo o un pescador de langosta? Le deseo mucha suerte al cardiólogo detectando por intuición el punto exacto para tirar las redes de pesca en los fiordos de Noruega.
En fin, sentirme ignorante es mi señal de que sigo explorando.