¿Sabías que hace no tanto tiempo la langosta era considerada comida de pobres?
Si.
Hace como unos 200 años, a la langosta se la conocía como “la cucaracha del mar”.
Era una especie abundante, fea, barata. Era lo que comían los prisioneros, la servidumbre.
Bueno, hoy ese mismo bicho cuesta una fortuna.
Lo sirven chefs con estrellas Michelin.
Es símbolo de status, de “lujo”.
¿Qué pasó? No cambió la langosta. Cambió lo que representa.
Bingo amigos; eso se llama branding.
Una historia contada de forma seductora, consistente y con un buen contexto puede transformar la percepción de cualquier cosa. Inclusive de las “cucarachas del mar”.
Cómo fue? Chefs influyentes empezaron a ofrecerla cocinándola con mucha dedicación, la presentaron con cierto touch y la subieron al escenario de la alta gastronomía.
La gente empezó a mirarla distinto.
El relato se instaló: “esto es algo valioso”. Inmediatamente, el mercado lo validó y se trasladó al precio.
La moraleja de esto es que no se necesita un gran cambio en el producto. Se necesita un cambio en la narrativa. Porque esto ya pasó con la langosta, y está pasando con el “pan de masa madre”, el matcha, el aceite de oliva “virgen extra”, el café “de especialidad”, la “sal marina en escamas”, la “cerámica artesanal” etc…
La próxima vez que mires tu marca /producto/servicio y sientas que no es suficiente, no pienses necesariamente en cambiar el logo, el packaging o la paleta de color.
Andá más profundo: ¿qué historia estás contando? ¿Qué lugar querés ocupar en la cabeza de tu audiencia?
Quizás tu servicio/marca/producto es como esa langosta de hace 200 años.
Tiene todo, pero no se nota.
Buscá ese ángulo, esa historia, ese “touch” que lo haga especial.
Mi langosta, fue empezar a escribir este newsletter. No lo hice antes porque pensaba que no tenía nada muy importante para decir.
Le puse un nombre, creé un contexto. ¿Y ahora vale más?
No sé si más, pero seguro vale distinto.
Porque empezó a ocupar un lugar. Empezó a generar una conversación. Empezó a tener sentido para otros. Y eso, para mí, ya es valor.