Negocio chico

Llámenme nostálgico, pero qué experiencia del carajo era ir a Blockbuster.
 
Era ir a cazar una película, esa que todavía no sabías cuál era. Me acuerdo que cruzar la puerta era un golpazo. Entrabas y lo primero que sentías era el aire helado del AC, el olor a pochoclo viejo y a alfombra muy caminada.
 
Las luces eran intensas, blancas y rebotaban en las cajas de las películas. Caminaba por los pasillos con la expectativa de encontrar “la película” que me iba a acompañar esa noche. Nunca solo. A Blockbuster nunca se iba solo. Yo iba siempre era mi hermano, mamá o amigos.
 
Blockbuster era un plan en sí mismo aunque en ese momento no lo sabíamos del todo. O sí. A veces tenía claro lo que quería ver; otras, decidía por la carátula o por la recomendación improvisada del tipo del mostrador. Cero algoritmos tipo “Nico, estos son los recomendados para vos”.
 
Había azar, intuición, la adrenalina de arriesgarse. Dabas vuelta la caja, leías la sinopsis, mirabas los actores, el póster, la duración. “Es esta”. Y ahí venía el momento clave: levantar la caja para ver si atrás había una copia disponible.
 
Si había una caja esperándote, éxtasis total (hoy diríamos que aquello era una descarga de dopamina). Si no había copia atrás, frustración. Sentías que “era esa”. Sí, pero no está. Derrota dura.
 
Pero ojo, todavía quedaba una última esperanza que era ir hasta el buzón metálico donde la gente devolvía las películas fuera de horario y cruzar los dedos para que alguien justo hubiera dejado esa película y que el empleado todavía no la hubiese reacomodado en su pasillo. Casi nunca pasaba. Pero cuando pasaba, era sentir que le ganabas el sistema.
 
Salías de Blockbuster con la película y ahí empezaba la cuenta regresiva: 48 horas.
 
Dos días para ver, rebobinar y devolver. Si te olvidabas de devolverla, te cobraban una multa que dolía y mucho. (Nunca me pasó, obvio).

Pero con el tiempo, Blockbuster pasó de ser un planazo de fin de semana a un caso de estudio. Su caída es una de las historias más comentadas en el mundo del branding. En el 2000, Netflix le ofreció una alianza, pero Blockbuster la rechazó. “Negocio chico”, dijeron.

Confundieron modelo con propósito. Blockbuster pensó que su negocio era “alquilar películas”, cuando en realidad era ofrecer una experiencia compartida alrededor del entretenimiento. No supieron leer que ese ritual que describí antes podía evolucionar sin desaparecer. El problema no fue el “streaming” como concepto, sino que fue no ver el cambio cultural que se venía.

Netflix no mató a Blockbuster. Lo que mató a Blockbuster fue creer que la gente nunca dejaría de disfrutar lo mismo de la misma manera.

Y de a poco todos nos fuimos olvidando de esa “emoción”. Nos olvidamos del olor a alfombra, de la adrenalina del buzón, de los pochoclos para hacer en el microondas que le rogabas a tu mamá mientras hacías la cola. Nos olvidamos de eso como de miles de otras cosas. Cosas que cambian, que evolucionan, que crecen con nosotros.

Cada vez que me acuerdo de eso, confirmo que muchas marcas todavía están en modo Blockbuster. Aferradas a la forma y no al fondo. Defendiendo un proceso cuando lo que deberían defender es la emoción. Elegir, descubrir, compartir. Insisto, Blockbuster no perdió contra Netflix, perdió contra el tiempo que siguió avanzando mientras ellos se quedaron. Y un día la ola los pasó por encima. “Negocio chico”.

Si alguna vez caminaste esos pasillos, esa sensación sigue ahí. A lo mejor la tenías dormida, pero sabes perfecto de qué te hablo. El aire frío, la luz blanca, el sonido de las cajas que hacía el cajero para verificar que estuviera la cinta adentro y esa victoria cuando encontrabas tu película.

Esa nostalgia sirve para mirar adelante. Que lo que a Blockbuster le pasó con Netflix no nos pase a nosotros con la IA. Usémosla a favor.

Si tu día se va en tareas repetitivas (mails, resúmenes, stock, planillas, whatever) y querés seguir haciéndolas a mano, sos Blockbuster en 2002.

Nadie te va a sacar el trabajo. Pero adaptate. Reubicate en la ola. Automatizá lo mecánico y poné tu energía en lo que más vale; tu criterio.