Escribo esta reflexión en el aeropuerto mientras espero las 2 horas que faltan para embarcar hacia Madrid.
Voy a hablar de él, del genio ansioso que se pone de pie en el avión apenas las ruedas tocan tierra. Mientras todos seguimos con el cinturón abrochado, él está resignado a esperar su turno.
Pero, ¿por qué lo hace? ¿Qué lo impulsa?
Apenas el avión hace contacto con la pista, sucede: clic.
El cinturón de seguridad se desabrocha en tiempo record. Nuestro protagonista ya está de pie, encorvado bajo el techo del avión, con su mochila a punto de reventar pegándole al pasajero de atrás que todavía permanece sentado.
Es hipnótico, no puedo dejar de mirarlo. ¿Qué lo mueve? A lo mejor sueña con ser el primero en pisar la alfombra del aeropuerto.
Su lógica es “si me paro antes, salgo primero”. El espectáculo no termina acá.
Después de ponerse de pie, pasa al siguiente nivel: alcanzar su equipaje en el compartimento superior; que por cierto esta cinco filas más adelante. Esto requiere una precisión quirúrgica, tiene que lograr sacar lo suyo sin que se caiga nada del resto (que aún permanece sentado). Si logra sacar sus cosas sin desatar el caos, merece medalla.
La escena alcanza su clímax cuando, con todo su equipaje en mano, nuestro héroe se queda ahí… de pie… sin moverse. ¿Por qué? Porque las puertas del avión no se abrieron todavía y no lo harán hasta dentro de, al menos, 10 minutos. Pero él no cede terreno, permanece ahí, vigilante.
Tal vez en su mente imagina que está adelantando pasos.
Tal vez crea que este acto heroico le da ventaja para enfrentar la cinta de equipajes, quien sabe.
Podemos reírnos, podemos incomodarnos, pero aceptémoslo: si estamos ante la presencia de él, significa que estamos viajando.
Es un reminder de que estamos yendo hacia algún lado. Un reminder de que llegamos a destino, de que empieza el viaje.
Solo espero que en el vuelo de esta noche haya un héroe anónimo de estos.
Lo voy a estar buscando.